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Cuerpo, tecnología, consumo y poder


Paula Sibila, en El hombre postorgánico, señala que el cuerpo humano se vuelve obsoleto ante las nuevas tecnologías que imperan en la actualidad; en una sociedad de la información donde la técnica es el imperante, el ser humano se aliena con los procesos tecnológicos.

El cuerpo humano pierde valor, pues se privilegian aspectos como las telecomunicaciones, la biogenética, la programación; sin embargo, por otra parte, también se hace frecuentemente una apología de la originalidad, la autonomía y la independencia, conceptos que tienen que ver con la singularidad de un sujeto, de un yo que debe diferenciarse de los demás, con la individualidad.

Cuerpo, tecnología y poder

En un mundo globalizado se defiende la autonomía del sujeto, pero solo en un discurso encubierto. La realidad es que con la información masiva y la tecnología que llega a todos los rincones del mundo las personas se saturan de información, deseos de consumo y de competencia entre iguales. Lo que importa, tal parece, es sobresalir, buscar el poder, y todo esto con sus propias consecuencias políticas.

Y en todo este tejido social lleno de cambios radicales, de diversidades y masas, el cuerpo humano también se modifica. Todos los aspectos tecnológicos, políticos, de educación y culturales efectúan una influencia en la construcción de subjetividades.

Los cuerpos contemporáneos se presentan como sistemas de procesamiento de datos, códigos, perfiles cifrados, bancos de información. Lanzando a las nuevas cadencias de la tecnociencia, el cuerpo humano parece haber perdido su definición clásica y su solidez analógica: en la esfera digital se vuelve permeable, proyectable, programable”. (Paula Sibila, El hombre postorgánico, FCE. 2005. p. 14).

Pero, la concepción contemporánea del cuerpo humano pasó por varios procesos a lo largo de la historia para que hoy se vea anclado en la tecnociencia y se haya convertido en cuerpo de consumo.

Concepción del cuerpo a través de la historia

Durante la Edad Media el cuerpo humano se regulaba a través de los tiempos rutinarios de los conventos, posteriormente con la aparición del reloj doméstico el cuerpo entró en un control total en todos los ámbitos de la vida del hombre, explica Sibila.

Con la entrada de la era industrial y los procesos de producción del capitalismo, este control fue absoluto. Los cuerpos humanos se sometieron a horarios fijos de trabajo y se globalizó esta forma de control. La economía capitalista constituyó así el paso a nuevas formas de subjetividades por la masificación de tiempos en los cuerpos humanos.

Para el siglo XXI, con las nuevas tecnologías, se conformaron las sociedades de control, a diferencia de las sociedades disciplinadas, que solo atendían a la producción. Con las sociedades de control el poder y el saber se transforman, lo que importa es el consumo y ya no tanto la producción, el cuerpo ahora se ve como un objeto de consumo.

Cuerpo, biopolítica y poder

Pero qué implicaciones políticas conlleva este proceso de cambio a sociedades de control. Esta pregunta es lanzada al aire por Sibila, no es inocente para ella poner en la mesa los procesos de transformación de subjetividades a lo largo de la historia.

El poder está relacionado indiscutiblemente con el sujeto y no es exclusivo del siglo XX, como lo señala Foucault. Para él el poder más que un atributo del sujeto es una estrategia del sujeto que se constituye históricamente. Y si el sujeto se construye históricamente dónde queda entonces su autonomía.

Tal parece que nos encontramos con una contradicción en la conceptualización y formación del sujeto moderno: dónde queda dicha autonomía, si es que en realidad existe y dónde queda esa apología del sujeto como un yo genuino, original.

Para Sibila, el aspecto político es importante, ya que las relaciones de poder, de control, y su forma de aparecer en la sociedad y en los individuos crean al sujeto. En este caso, en la actualidad, el sujeto se ha modelado para jugar un papel de autocontrol.

El cuerpo como objeto de consumo

Los cuerpos humanos ya no son como en las sociedades disciplinarias, apegados al trabajo y a la producción, sino que se han transformado para fungir al modo capitalista, revisando lo que ofrece el mercado y siendo parte también de él, el cuerpo humano se ha convertido en producto y servicio del mercado, asume sus propios riesgos y vive con la idea del autocontrol. Sin embargo, el poder también se ofrece como una alternativa, como un producto.

Gracias a la tecnología los cuerpos pueden adquirir, consumir, instrumentos tecnológicos que venden una idea de poder. En las prácticas cotidianas existen discursos que nos venden la idea de un sujeto de poder: consumir objetos para obtener poder, estudiar en “x” escuela para escalar en el poder, pertenecer a un partido político, pertenecer a “x” grupo social, las creencias, las doctrinas.

Por donde se mire, el mundo está plagado de discursos que generan un deseo de poder en cada persona. En cualquier ámbito de la vida lo que importa es la legitimación propia, legitimar un yo a través del otro, o en su defecto legitimar algún aspecto personal y es así como se crean nuevas subjetividades.

La legitimación, en este sentido, tiene que ver con la autonomía, la legitimación no solo en el ámbito del derecho, sino a leyes ortodoxas y heterodoxas, a las leyes oficiales o extraoficiales. Todos queremos estar en la legitimidad, ser verdaderos y autónomos.

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